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La tierra se nos estrecha, dice el poeta. La tierra lleva estrechándose para los palestinos desde que a finales del SXIX, un movimiento llamado sionismo fue poco a poco calando entre los judíos dispersos por la geografía europea primero, mundial después.

Intereses geopolíticos de las grandes potencias, tanto “aliadas” como “enemigas” no mostraron pudor alguno en valerse del sufrimiento ocasionado a los judíos, terriblemente agudizado durante el Holocausto, para hacer realidad el sueño sionista: la creación de un Estado judío en Palestina.

La arrogancia ontológica del sionismo se atrevió a afirmar que el pueblo palestino no existía. Y si algo parecido a un pueblo o a una nación existía en Palestina, era algo que tanto el dios judío, como las potencias europeas y estadounidenses consentían aniquilar.

Han transcurrido 67 años desde la Nakba o catástrofe palestina y la creación del Estado judío de Israel. El memoricidio está en marcha. Pero son tres generaciones de palestinos vivos los que nos recuerdan que se consiguió crear el Estado judío, pero no se logró aniquilar a un pueblo.

Este documental muestra la vida de ese pueblo, los y las palestinas.

Muestra la vida bajo la ocupación militar israelí en Cisjordania. La existencia de un pueblo que se resiste a ser borrado del mapa. La lucha cotidiana frente a la humillación perpetua.

Y lo muestra desde la mirada militante y a la vez asombrada del viajero que se aproxima por primera vez a Palestina y que quiere ser no sólo testigo, sino altavoz de ese grito de dignidad de un pueblo. No se posa en dirigentes ni en políticos ni en organismos ni en siglas, sino en gente corriente que con su día a día en esta guerra de supervivencia desafía el grave error fundacional de Israel.

Así, la mirada se posa en los ancianos que vivieron en 1948 la Nakba, y rememoran lo que supuso aquella desposesión traumática.

Se posa en las personas que conviven a día de hoy con la invasión de los colonos y tras ellos, de los soldados, que a golpe de Muro y Checkpoints corrigen ilegalmente las fronteras.

El documental estremece con las palabras de niñas y niños crecidos durante la Segunda Intifada pues su relato inocente acerca de la violencia extrema y asimétrica, la hace aún más injustificable.

Muestra la no aleatoriedad de la política expansionista de los asentamientos israelíes, situados estratégicamente en las zonas más fértiles de Cisjordania, como el Valle del Jordán.

Acuíferos sobreexplotados para la boyante industria agrícola israelí en los territorios ocupados, mientras las casas de los palestinos son literalmente derribadas y se ven privados de los más básicos derechos, como el agua.

Esta es la Palestina que conocimos y la que queremos compartir. Un retrato coral, parcial y en construcción, pues cada uno de los y las palestinas tendrían un papel protagonista en esta historia. Todos no cupieron: el drama de los refugiados en otros países, Jerusalem y los palestinos de Israel, los beduinos del Neguev, la resistencia armada…

Un hilo conductor hilvana todas sus historias: la inquebrantable voluntad de permanecer. O como diría Darwix.

¿Adónde iremos después de la última frontera? 
¿Dónde vuelan los pájaros después del último cielo? (…) 
Aquí moriremos. Aquí, en el último pasadizo. Aquí o ahí germinarán olivos… 
de nuestra sangre